La Maestra Soledad.
Borda la tarde en silencio
con su dedal de amapola;
la tiza le pinta un sueño
sobre la pizarra sola.
Tras los cristales antiguos
se van durmiendo los patios,
y un ruiseñor en la higuera
desata su canto claro.
La maestra tiene un huerto
detrás de la casa blanca:
dos limoneros floridos
y una ilusión que no habla.
Cuando la campana llama
a los zagales del pueblo,
ella recoge sus libros
y guarda un suspiro dentro.
Pasa la brisa del campo
con olor a yerbabuena;
la maestra cierra el libro
y mira lejos, serena.
Por el camino de polvo
trota un caballo alazano;
ella recuerda aquel mozo
que nunca tomó su mano.
¡Ay, qué jardín tan secreto
le florece en el regazo!
Corrige letras y cuentas,
pero sueña con abrazos.
Cuando la noche se enreda
en los rosales del huerto,
la maestra apaga el quinqué
y habla con sus recuerdos.
Bajo la luna de junio,
junto a la fuente dormida,
guarda una flor en su libro:
la que no tuvo en su vida.