Escindí mi alma,
la esparcí sobre la mesa
para tenernos
de igual a igual.
Arrastraba
el peso de la ausencia,
una silla ensombrecida,
un reloj sin espectador.
Cargaba su fe de arcilla
y dos metros de ficción.
Sangraba su respuesta;
se despidió con puntos suspensivos.
El tren pasa todos
los días,
sin anunciar
la estación.
Pero solo hay un andén
del lado que nadie mira.
Al fin,
la pared devoró el retrato
y colgó una ventana.