Mi vela se apaga,
y mi espíritu con ella;
la luz abandona mi alma,
como la noche a las estrellas.
Rezo en silencio a la luna,
le confieso mi pesar,
pero hasta los dioses callan
cuando mi alma empieza a llorar.
Mi sombra ya no me reconoce,
mi fe comienza a desvanecer,
y entre plegarias y silencios,
olvido cómo florecer.
Hay algo muriendo en mi pecho,
algo que no sé nombrar;
quizá sea un pedazo de mi alma
que se ha cansado de luchar.
Y mientras la última llama tiembla,
contemplo mi propia oscuridad
le pido al universo que me abrace,
aunque no encuentre dónde descansar.