Ayer conocí a una ninfa
que quizá había olvidado sus alas
entre los árboles de Urubamba.
Tenía la alegría de los ríos
y esa ternura de las cosas vivas
que no necesitan palabras
para decir que aman.
La vi mirar los colibríes
como quien saluda a viejos amigos,
y comprendí que hay personas
que no visitan la naturaleza:
pertenecen a ella.
Arranqué una flor silvestre
y la puse entre sus manos.
—Para ti, mi ninfa
Y por un instante
quise ser también un poco de tierra,
agua fresca,
hoja movida por el viento,
cualquier cosa sencilla y viva
que mereciera estar cerca de ella.
Carajo.
¿de qué bosque has venido
que hasta mi corazón,
tan acostumbrado a la nostalgia,
ayer quiso florecer?