José Honorio Martínez Ochoa

La memoria después de la marea

La memoria después de la marea

Recorrer el mundo es también aprender a mirarlo
como si nunca hubiéramos estado en él,
dejar que las cosas recuperen su extrañeza
cuando la mirada renuncia a buscar respuestas
y comienza a reconocer la presencia silenciosa
de cuanto existe.

Recuerdo la voluntad del jazmín extraviado,
sus golpes silenciosos contra el jardín,
como si incluso una flor necesitara encontrar
el lugar donde su existencia pudiera arraigarse.

Quizá el sueño tenga esa misma naturaleza:
nos fecunda y nos hiere,
abre en nosotros una espina
que se incrusta en el vuelo del lenguaje,
porque hay experiencias que solo conseguimos nombrar
cuando aceptamos que una parte de ellas
permanecerá desconocida.

La noche trae sus olores salvajes,
la intermitencia de la marea
y esas miradas amorosas que han aprendido a esperar
sin reclamarle al tiempo sus demoras.

Pienso que la paciencia no consiste en detener las horas,
sino en permitir que las cosas revelen
aquello que la prisa mantenía oculto.
Bajo el plumaje amarillo de los relámpagos,
el silencio adquiere una sabiduría sin palabras.

La noche no explica la oscuridad:
la vuelve habitable,
nos enseña a permanecer en ella
sin exigirle que se transforme inmediatamente en claridad.

El viento reúne el rostro del mar y el de la tierra,
y en esa proximidad descubro
que nada permanece enteramente separado.

El fuego atraviesa el aire
y penetra en las grietas de un árbol constelado,
como si las heridas de la madera
fueran pequeñas aberturas hacia lo invisible,
lugares por donde la vida continúa su tránsito
sin revelar el secreto de su origen.

Tal vez vivir consista en aprender a mirar de ese modo,
no como quien busca un significado definitivo
para cuanto sucede,
sino como quien acepta que las cosas guardan
una profundidad que nunca termina de entregarse.

Desde la ola serena germina el aire;
debajo de la tierra, el fuego conserva su pulsación,
mientras los pétalos de la noche se abren al deseo.

Hay estrellas sobre la sal marina
y un universo que respira en cada vegetal del alma,
una continuidad secreta entre lo que crece bajo nuestros pies
y aquello que, desde la distancia,
parece sostener la inmensidad del cielo.

A veces pienso que la naturaleza no nos ofrece respuestas,
sino formas de acompañar nuestras preguntas.

El matorral, la raíz y la ola continúan su existencia
sin saber que los contemplamos;
sin embargo, al mirarlos,
algo en nosotros encuentra una manera de reconocerse,
como si el mundo nos devolviera, transformada,
una parte de lo que somos.

La luz se levanta entonces como un estandarte,
no para vencer la oscuridad,
sino para recordarnos que ambas pertenecen
al mismo movimiento.

Guardo en la nostalgia ese tesoro
que aparece cuando la marea se retira
y deja al descubierto las señales de su paso.

También la memoria tiene sus turbulencias,
sus regresos y sus silencios;
hay cosas que creíamos perdidas
y que vuelven sin recuperar su forma original,
mientras otras desaparecen y, aun así,
modifican nuestra manera de mirar.

Quizá recordar no sea regresar a lo que fuimos,
sino descubrir cuánto de aquello que ya no está
continúa viviendo en nosotros.

Después de la marea, la arena no conserva el mar:
conserva las huellas de su paso,
hasta que el viento comienza a borrarlas.

Quizá nosotros seamos algo semejante,
una presencia que transforma por un instante
aquello que toca
y que después debe aprender a retirarse.

Lo que permanece no siempre es una imagen ni una palabra;
a veces es apenas una claridad sin nombre,
una forma más paciente de mirar el mundo,
la intuición de que todavía hay algo por decir
y de que el lenguaje, como el mar,
deberá regresar una y otra vez a sus orillas.