Con trazo vivo
y el nácar de una obra,
en su esencia el pintor
cristaliza su deseo.
En el lienzo se posan
arrobadas miradas
y elogios silenciosos
que acarician su ego.
Al recibir un galardón
en su pecho se anida
una intensa emoción.
Su voz enmudece
y abraza en la distancia
a todos los presentes.