Me descalcé en mis propias galerías,
harto de hurgar la sombra y el eco de los huesos,
de medir la estatura de mis melancolías
creyendo que eran templos, cordilleras, excesos.
Cerré el cerrojo ciego del pecho y de la herida,
empujé la cancela, salí a la claridad:
aquella inmensa selva que devoró mi vida
no era más que una hierba temblando en el erial.
Un hilo entre millones sobre la tierra abierta,
una brizna rendida bajo el viento común,
un murmullo minúsculo que al despertar despierta
sin más peso que el rocío sobre la luz aún.
Miro el tronco del roble: guarda su noche oscura;
la piedra del camino contiene su dolor;
cada bicho en el polvo sostiene su clausura,
su propio pozo ciego latiendo alrededor.
Ya no me pesa el alma; me basta ser orilla,
mirar pasar los ríos, la nube y el andar,
saber que mi universo apenas si es semilla
en este campo inmenso que aprende a respirar.