Donde el amor decide quedarse
No quiero moldearte con mis manos ni borrar las huellas de tus caminos, quiero amarte con la verdad desnuda de quien descubre un universo y no pretende cambiar sus estrellas.
Quiero verte crecer como crecen los árboles, con las raíces abrazadas a la tierra y los brazos desafiando las nubes; verte conquistar esos horizontes que alguna vez temiste pronunciar, y celebrar tus victorias como si el mundo entero floreciera en el jardín secreto de tus ojos.
No busco una mujer sin cicatrices, ni un corazón que jamás haya temblado; amo también aquello que la vida escribió con tinta amarga en tu memoria, porque hasta las noches más oscuras guardan una lección de amaneceres.
Y si alguna vez me muestras tus sombras, no encenderé una hoguera para juzgarte; me sentaré contigo en el silencio, hasta que vuelvas a reconocer tu luz. También yo tengo inviernos escondidos, palabras que me duelen todavía, pedazos de un hombre que fui y que aprendió a reconstruirse con las manos desnudas del tiempo.
Por eso, cuando nos miremos, no quiero que veas un juez ni un salvador, sino un compañero de viaje, alguien que conozca tus tempestades y no confunda tus días grises con la totalidad de tu cielo.
Habrá caminos difíciles, lo sé, días en que el orgullo cierre las puertas, horas en que el cansancio nos vuelva extraños y el silencio parezca más fuerte que el amor. Pero si aún queda una chispa entre nosotros, si todavía podemos hablarnos con ternura, encontraremos la manera de encenderla sin convertir nuestras diferencias en heridas.
Porque amar no es encadenar dos almas, ni pedirle al otro que respire por nosotros; es caminar con el corazón libre, elegirnos sin convertirnos en dueños, y descubrir que la vida tiene otro sabor cuando alguien comparte nuestra alegría y sostiene nuestra esperanza sin robarnos las alas.
Yo no quiero ser la razón de tu existencia, quiero ser una de las razones de tu sonrisa; no quiero que abandones tus sueños por los míos, quiero que nuestros sueños aprendan a caminar por la misma avenida, aunque algunas veces nos lleven por senderos distintos.
Y cuando el mundo te parezca demasiado grande, cuando la tristeza se siente a tu mesa y no encuentres palabras para explicarme tu dolor, no tendrás que inventarte una sonrisa ni fingir que la tormenta ha terminado: podrás descansar en mi presencia, ser simplemente tú, sin disfraces, sin promesas imposibles, sin miedo a que la verdad te haga perder mi cariño.
Quizá no siempre llegue a tiempo, quizá la vida me detenga en alguna frontera, pero habrá en mí una voluntad persistente que no conocerá fácilmente la derrota: buscaré el camino, cruzaré la distancia, y haré cuanto esté en mis manos para que nunca confundas mi ausencia con el abandono de mi corazón.
Porque si algo quiero construir contigo, no es un amor que sobreviva solamente mientras los días sean fáciles, sino uno que aprenda a resistir el viento sin olvidar la dulzura de las flores.
Quiero envejecer viendo cómo cambias, descubrir tus nuevas formas de soñar, enamorarme de la mujer que eres hoy y volver a enamorarme de la que serás mañana.
Y si al final alguien me pregunta qué encontré de extraordinario en tu alma, no hablaré de perfección ni de milagros; diré que encontré a una mujer verdadera, con su historia, su misterio y su esperanza, y que, entre tantos caminos posibles, mi corazón tuvo la hermosa libertad de caminar a tu lado.
No te prometo un cielo sin tormentas; te prometo mis manos cuando llueva, mi verdad cuando haya dudas, mi paciencia cuando falten respuestas y la voluntad de volver a encontrarnos cada vez que la vida nos ponga a prueba.
Porque el amor que sueño no dice: «Quédate para que yo no esté solo».
Dice, con el alma abierta y sin cadenas:
«Sé libre, crece, conquista tu destino; vuela tan alto como te lleven tus sueños. Y si en medio de ese cielo inmenso tu corazón todavía elige el mío, allí estaré, no para detener tus alas, sino para volar contigo.
Y si alguna noche regresas cansada, si el mundo ha dejado frío tu equipaje, encontrarás encendida nuestra ventana, una taza caliente, mis brazos abiertos y este amor que no te exige ser perfecta, porque nunca se enamoró de una promesa: se enamoró de ti, y cada día vuelve a elegirte».
— Luis Barreda/LAB