Amada mía, flor que el alba despertó con el primer beso del rocío, ven a los jardines donde mi corazón te espera desde antes de que los días aprendieran a contar el tiempo.
Porque mi alma te buscó cuando aún no conocía tu rostro; te llamó cuando todavía el viento ignoraba tu nombre y las estrellas no habían señalado el camino que habría de conducirme hasta ti.
Tú eres el lirio que florece entre los espinos del mundo; eres la viña fecunda cuyo fruto alegra mi espíritu; eres la fuente escondida que nunca deja de manar agua para el sediento.
Cuando pronuncio tu nombre, el aire se llena de perfume y los montes responden con ecos de alegría. Los ríos apresuran su marcha hacia el mar, y hasta los cedros más antiguos inclinan sus ramas como si quisieran bendecir este amor que nació en el silencio y creció bajo la mirada del cielo.
¡Qué hermosa eres para mi corazón!
Tus palabras son como lluvia temprana sobre la tierra reseca; tu ternura es aceite que sana las heridas invisibles; tu sonrisa es una lámpara encendida en la ventana de mi esperanza cuando la noche parece no terminar.
Si el mundo entero fuera un inmenso jardín, mis pasos seguirían buscando únicamente el sendero donde florecen tus huellas. Si todos los mares ofrecieran sus horizontes, mi embarcación elegiría siempre el puerto donde descansan tus ojos.
Déjame caminar contigo cuando el amanecer pinte de oro las montañas; déjame sentarme a tu lado cuando el crepúsculo encienda las primeras estrellas. Quiero aprender el idioma de tus silencios, recoger tus alegrías como quien recoge espigas maduras y guardar tus lágrimas como el más precioso de los tesoros.
Porque no hay corona más digna que la confianza que depositas en mí; no hay riqueza más grande que la paz de saber que un día nuestros caminos dejaron de ser dos para comenzar a ser uno.
Vendrán lluvias y vendrán vientos. Los inviernos vestirán de gris los campos y parecerá que la primavera ha olvidado regresar. Pero el amor verdadero conoce el secreto de las semillas: permanece oculto bajo la tierra hasta que llega la hora de florecer con más fuerza que antes.
Así será nuestro amor.
Ni la distancia apagará su fuego, ni el tiempo marchitará sus hojas, ni el olvido encontrará puerta por donde entrar. Porque este amor ha echado raíces donde los años no alcanzan; bebe de una fuente que no se seca y levanta sus ramas hacia una eternidad que ningún hombre puede medir.
Ven, amada mía.
Descansaremos bajo la sombra de los árboles donde canta el viento. Beberemos de la fuente de la esperanza. Miraremos el cielo hasta comprender que cada estrella era una promesa encendida para guiarnos el uno hacia el otro.
Y cuando nuestras manos finalmente se encuentren, el universo entero guardará un instante de silencio. Los jardines ofrecerán su perfume, los ríos entonarán su antigua canción y el alba vestirá de luz la tierra, porque sabrá que dos almas, después de una larga peregrinación, han llegado por fin al lugar donde siempre pertenecieron.
Entonces ya no habrá distancia, ni espera, ni ausencia.
Solo quedará el amor.
Ese amor que florece como un jardín eterno, que arde sin consumirse, que permanece cuando todo cambia y que, aun después del último atardecer, seguirá pronunciando nuestros nombres en el corazón de la eternidad.