Yasuara Melgara

Un lugar entre mis silencios

Hubo un tiempo

en que la luz tenía tu forma,

y yo, que siempre desconfié de los milagros,

te miraba como quien encuentra

un pedazo de cielo

olvidado en la tierra.

 

No sé en qué momento

confundí el resplandor con las estrellas,

ni cuándo mi silencio

comenzó a pronunciarte

en ese idioma secreto

que solamente entiende el alma.

 

Quizá no eras tú.

Quizá era mi manera de mirar,

esa vieja costumbre de vestir de oro

todo aquello que me hacía bien.

 

Después, la distancia perdió su magia.

El misterio se quedó sin alas,

y la figura que alguna vez contemplé

desde el otro lado de mis sueños

descendió, despacio,

hasta la sencilla humanidad de las cosas.

 

Y no fue decepción.

Fue despertar.

 

Comprendí que ninguna estrella

tiene la obligación de alumbrarnos,

que hay flores que nacen para otros jardines

y puertas que podemos admirar

sin necesidad de cruzarlas.

 

Ahora puedo coincidir con la luz

sin sentir que me ciega.

Puedo escuchar su nombre

sin que mi pecho se convierta en tormenta.

Puedo estar cerca

sin inventarme un destino.

 

Aunque, a veces,

cuando la tarde se vuelve nostálgica,

algo pequeño se me queda mirando desde dentro.

Un vestigio.

Una ternura sin propósito.

La sombra de aquello

que nunca llegó a tener nombre.

 

No intento arrancarlo.

Hay cosas que se marchitan mejor

cuando dejamos de exigirles primavera.

 

Y si alguna vez la vida

lo conduce hacia un horizonte distinto,

que encuentre caminos amables,

que no le falte el sol en los inviernos,

que alguien descubra sus mañanas

y tenga el privilegio de conocer

lo que yo solamente imaginé.

 

No será mi historia.

No será mi lugar.

Y aun así, deseo que florezca.

 

Porque estoy aprendiendo

que el cariño también puede ser un pájaro:

no todo lo que llega a nuestras manos

ha nacido para quedarse en ellas.

 

Hay luces que no se encienden para nosotros.

Hay nombres que no nos pertenecen.

Y hay sentimientos que,

aunque jamás encuentren dónde quedarse,

merecen haber existido.

 

Yo ya no espero frente a la puerta.

La vida me llama desde otros lugares,

y comienzo, por fin,

a escucharla.

 

Pero si alguna noche

una canción me devuelve aquel pequeño universo,

no voy a negar que fue hermoso.

 

Algunas cosas no necesitan suceder

para dejar una huella.

 

Y algunos adioses

no se pronuncian:

simplemente llega un día

en que el alma deja de esperar.

 

Yasuara Melgara