Hubo un tiempo
en que la luz tenía tu forma,
y yo, que siempre desconfié de los milagros,
te miraba como quien encuentra
un pedazo de cielo
olvidado en la tierra.
No sé en qué momento
confundí el resplandor con las estrellas,
ni cuándo mi silencio
comenzó a pronunciarte
en ese idioma secreto
que solamente entiende el alma.
Quizá no eras tú.
Quizá era mi manera de mirar,
esa vieja costumbre de vestir de oro
todo aquello que me hacía bien.
Después, la distancia perdió su magia.
El misterio se quedó sin alas,
y la figura que alguna vez contemplé
desde el otro lado de mis sueños
descendió, despacio,
hasta la sencilla humanidad de las cosas.
Y no fue decepción.
Fue despertar.
Comprendí que ninguna estrella
tiene la obligación de alumbrarnos,
que hay flores que nacen para otros jardines
y puertas que podemos admirar
sin necesidad de cruzarlas.
Ahora puedo coincidir con la luz
sin sentir que me ciega.
Puedo escuchar su nombre
sin que mi pecho se convierta en tormenta.
Puedo estar cerca
sin inventarme un destino.
Aunque, a veces,
cuando la tarde se vuelve nostálgica,
algo pequeño se me queda mirando desde dentro.
Un vestigio.
Una ternura sin propósito.
La sombra de aquello
que nunca llegó a tener nombre.
No intento arrancarlo.
Hay cosas que se marchitan mejor
cuando dejamos de exigirles primavera.
Y si alguna vez la vida
lo conduce hacia un horizonte distinto,
que encuentre caminos amables,
que no le falte el sol en los inviernos,
que alguien descubra sus mañanas
y tenga el privilegio de conocer
lo que yo solamente imaginé.
No será mi historia.
No será mi lugar.
Y aun así, deseo que florezca.
Porque estoy aprendiendo
que el cariño también puede ser un pájaro:
no todo lo que llega a nuestras manos
ha nacido para quedarse en ellas.
Hay luces que no se encienden para nosotros.
Hay nombres que no nos pertenecen.
Y hay sentimientos que,
aunque jamás encuentren dónde quedarse,
merecen haber existido.
Yo ya no espero frente a la puerta.
La vida me llama desde otros lugares,
y comienzo, por fin,
a escucharla.
Pero si alguna noche
una canción me devuelve aquel pequeño universo,
no voy a negar que fue hermoso.
Algunas cosas no necesitan suceder
para dejar una huella.
Y algunos adioses
no se pronuncian:
simplemente llega un día
en que el alma deja de esperar.
Yasuara Melgara