Ricardo Castillo.

La medida de mi falta

La medida de mi falta

Yo quisiera
medir mis dudas
como las distancias
entre los pasos
de las agujas del reloj,

como quien memoriza el mundo
como mapa tendido
sobre la mesa
y lo dicta
hasta que todos lo aprendan.

Convertirme
en el hombre
que reveló a otros
sus mundos
y no volvió a sus huellas, 
que aprendió su falta
como quien aprende
a esperar
que termine la lluvia.

Desvalido,
como un pájaro en la tormenta;
quieto,
como campo recién cultivado;
silencioso,
como una piedra
en el agua del riachuelo.

Soy un repetidor de versos
que llora
cuando se caen de su memoria
antes de abrir
las puertas de sus labios.

Hombre,
espejo de otros hombres
y de palabras prestadas,
que da
gracias por la luz
que le resta
en cada día,
en cada hora.

Me debato en preguntas
despojadas de futuro
y hambrientas de mi tiempo.

El mundo tiene la forma
que dicen
los abstemios,
los arrepentidos
y los exiliados
de las leyes,
echadas como tierra
sobre los hombres.

He transitado
entre dos siglos
y llegado a la linde del último, 
cumplido
todas mis asignaturas
y no basta
tomar mis propias manos
en la impotencia, 
porque nunca es suficiente.

Los cánticos no bastan,
tampoco rezar.

La vida no basta,
la muerte no basta,
ni lunes 
ni domingo
bastan.

Este poema no basta
porque nació malo
como yo
y en sus defectos
tiene una voz
que se goza en lo imperfecto.

Sumergido bajo el agua,
en su respiración líquida,
y al salir
deja huellas sobre la arena
y vuelve sobre ellas
para aceptar el desorden
como máxima del orden.

No articula palabras
solo gemidos
inmensurables.

En su soledad
cabalga sobre su voz,
armónica
y cadente,
mientras cavila
en la albura del día

y piensa en encender el bombillo
o en el ruido de sus pisadas
para no despertar a los demás,
para no interrumpir el descanso
de los hombres nuevos
y vigorosos
que arrullarán de una vez por todas
a los decantes.

Ricardo Castillo
De: Textos redescubiertos, 2022