Dicen que los polos opuestos se atraen.
Pero nadie habla
de la violencia del encuentro.
De lo que exige.
De esas dos maneras de mirar el mundo
intentando caber en la misma vida.
Uno avanza.
El otro retrocede.
Uno necesita palabras.
El otro sobrevive callando.
Aun así se buscan, se rozan,
se reconocen desde lejos,
como si aquello que los separa
fuera exactamente lo que los retiene,
aunque nada encaje del todo.
Acercarse obliga a mirarse,
a ceder, a descubrir las grietas
en aquello que parecía intacto.
Permanecer los arrastra
en direcciones contrarias,
como si la propia inercia
terminara por convertirlos en extraños.
Los polos opuestos pueden atraerse.
Lo que nadie garantiza
es que sepan quedarse sin destruirse.