Luis Barreda Morán

A La Mujer Que La Vida No Pudo Salvar

A LA MUJER QUE LA VIDA NO PUDO SALVAR

Elegía por una luz apagada antes del alba

Hay mujeres que se marchan
sin que la tierra comprenda su ausencia,
mujeres que dejan en el aire
una pregunta sangrando
y un silencio más oscuro que la noche.

Tú eras una de ellas, amiga desconocida,
un nombre que cruzó las páginas del mundo,
un rostro que la noticia convirtió en despedida,
una vida que jamás estreché entre mis manos
y cuya pérdida, sin embargo,
me duele como una herida propia.

No sé qué flores crecían en tus sueños,
qué canción te acompañaba por las tardes,
ni qué esperabas encontrar
al otro lado de tus días difíciles.
Pero imagino tu esperanza,
pequeña y obstinada como una semilla,
buscando entre las grietas de la vida
un lugar donde pudiera florecer.

Quizá guardabas mañanas en los ojos,
quizá una casa llena de risas,
quizá la sencilla maravilla
de despertar sin miedo,
de amar sin calcular la distancia
entre una caricia y una amenaza.

¡Ay, mujer, cuántas veces el amor
se arrodilla ante puertas que no debió cruzar!
Cuántas veces el corazón,
por salvar lo que ama,
termina ofreciendo su propia sangre
como si el sacrificio pudiera
convertir la oscuridad en luz.

Pero escucha, dondequiera que descanses:
no eras culpable de creer,
ni de conceder otra oportunidad,
ni de imaginar que el amor verdadero
podría cambiar aquello que te hería.

La culpa nunca pertenece
a quien entrega el corazón con esperanza.
La violencia tiene manos,
tiene decisiones,
tiene un responsable.
Y ningún perdón concedido
puede absolver a quien elige destruir.

No sé en qué instante se quebró tu cielo,
ni qué palabra cayó como una piedra,
ni cuándo el aire se volvió frontera
entre tu último sueño
y la eternidad.

Solo sé que el mundo perdió una mujer
y que ninguna noticia, por extensa que sea,
podrá contener la inmensidad
de todo cuanto te faltaba vivir.

Te faltaban caminos,
lluvias que besar,
libros por descubrir,
abrazos que no conocías,
atardeceres donde el alma
se reconcilia con la existencia.

Te faltaban años, amiga mía,
tantos años como estrellas
cabían en tu porvenir.

Y ahora, mientras algunos pasan la página
y la prisa sepulta tu nombre,
yo quisiera detener los relojes,
poner mi voz junto a la tuya
y gritarle a la conciencia de los hombres
que ninguna mujer nació para el miedo,
que ningún hogar debe parecer una cárcel,
que ninguna historia de amor
debe terminar en una tumba.

Porque no basta llorar a las muertas
si dejamos intactas las manos que matan;
no basta encender velas
si permitimos que la indiferencia
siga apagando vidas.

Descansa, mujer de la esperanza herida.
Que allí donde ya no llega el odio
encuentres la paz que aquí te negaron.
Que el universo te devuelva,
en alguna forma de luz que no conocemos,
cada primavera que te fue arrebatada.

Y nosotros, los que seguimos respirando,
no tenemos derecho a olvidarte.

Tu ausencia debe convertirse en palabra,
tu silencio, en una voz que nos despierte,
tu nombre, en una puerta que se abra
para todas las que todavía tiemblan
al escuchar unos pasos.

Adiós, amiga que nunca conocí.
No puedo devolverte el horizonte,
ni entregarte los días que perdiste,
pero puedo dejar estas palabras
a la orilla de tu memoria.

Que las lea quien confunde amor con dominio,
quien llama debilidad al sufrimiento,
quien cree que una mujer le pertenece
porque alguna vez le entregó su ternura.

Y que comprenda, al fin,
que el amor no es una mano que encierra,
sino un cielo donde dos almas respiran libres.

Porque tú no eras una noticia.
Eras un universo.

Y aunque la muerte haya cerrado tus ojos,
que no consiga cerrar los nuestros.

Que tu partida no sea solamente una lágrima:
que sea el comienzo de una conciencia.

Que ninguna otra mujer
tenga que despedirse del mundo
para que el mundo aprenda
a defender su derecho a vivir.

—Luis Barreda/LAB