Cuando estabas, la casa olía a café en las mañanas
y las sábanas envolvían tus sueños guardados para mí.
Siete días han pasado
y la tela todavía huele a ti:
a viento fresco,
a cabellos de rosas recién abiertas.
La fragancia permanece,
terca,
en el único lugar
donde aprendí a nombrarte.
¿Dónde duermes, amor mío?
¿Qué espacio te merece ahora
que yo ya no sé merecerte?
Entra la brisa
y mueve la sombra de tu cuerpo,
esa que imaginé perpetua
sobre la mía.
Solo me queda escribir todo un libro con tu nombre,
para que algo permanezca.
Ven, si el sueño te persigue,
tiéndete sobre el amor que guardé para ti.
Yo velaré toda la noche
y, si no vienes,
también velaré tu ausencia.