En la tormenta del frío y del desprecio,
cuando el nido ficticio se derrumbó,
aprendí de golpe cuál era el precio
de un amor que nunca me valoró.
Pero no estoy solo en la madrugada,
ni el desierto es eterno en mi caminar;
tengo tres luces en la encrucijada
que ninguna sombra podrá apagar.
Dios en el cielo guiando mi vida,
dándome fuerzas para resistir;
sabiendo que el alma que fue herida
tiene un propósito que descubrir.
Mis padres abriendo sus puertas anchas,
con el abrazo que borra el dolor;
limpiando del pecho todas las manchas
con la pureza de su tierno amor.
Y mi familia y amigos, hermanos de vida,
que sostienen mi mano en la adversidad;
esos que sanan cualquier caída
con el escudo de la lealtad.
Que se quede ella con sus dos cruces,
con su egoísmo y su vanidad;
yo camino libre, lleno de luces,
con quienes me aman de verdad.
Pedro Antonio Bolivar Loncarich