Ayer te conocí,
y no porque no te hubiese visto antes;
ya que llevamos más de tres meses de relación.
Te conocí
porque conocí tus miedos y tus verdades,
porque me permitiste ver tus emociones
y me embargaste con tus acciones.
Te conocí
porque me permitiste ver tus adentros
y me compenetré con ellos.
Me dejaste llegar a la raíz
y me invitaste a quedarme ahí.
Disfruté de cada momento junto a ti
y de tu lava de fuego,
esa que emana
del volcán de tu corazón.
Ayer te conocí
y me conocí también,
porque esperé frente a tu casa sin temor,
porque sabía
que por esa puerta saldría el amor.
Te conocí
porque, como tantas otras veces,
caminé contigo de la mano
hacia ningún lugar esperado,
donde simplemente
estuviéramos los dos.
Enfrentamos parte de nuestros miedos
al encontrarnos con la mirada
de quienes nuestra relación pueden juzgar.
Y, sin embargo,
como otras veces,
salimos airosos de aquel lugar.
Ayer te conocí
porque de nuevo
volviste tu mirada hacia mí,
llena de seguridad.
Te conocí
como se conoce a quien se quiere
y ya no se quiere dejar ir.
Te conocí desde adentro,
desde ese lugar
donde tus lágrimas
suelen desembocar.
Ayer te conocí
cuando, al lugar donde vivo,
me pediste de nuevo entrar.
Y entonces mi corazón,
cobarde por miedo,
se rehusó a aceptar.
Vi en tu mirada
ese miedo a fracasar,
quizás por temor a la mentira,
quizás por temor a la verdad,
quizás porque sé
que en mi vida
tan solo quieres estar.
Ayer te conocí
y no te dejo de pensar,
porque ya no solo eres un pensamiento,
porque ya eres
mi realidad.