Alan

Domingo.

I

 

He aquí el comienzo del viaje.

Amanecer, hazte presente

entre la costa y mis ojos.

Sentado, en el frío domingo,

al borde del río aún oscuro

esperaré tu luz en el horizonte.

 

II

 

Benditos los amados,

porque ya han ganado

una parte importante del cielo. 

Benditos aquellos que duermen abrazados

porque les basta despertar, y mirarse,

para decir que ha amanecido.

 

III

 

La poesía es un ejercicio silencioso

que se desprende del ser

como un brazo del río.

 

IV

 

Heme aquí entre oscuridades

que emanan de la soledad,

acariciado por el viento frío

de la primavera que aún no llega.

Tan sólo el agua del río

oye mi silencio, y me consuela.

 

V

 

Quien pudiera reír de alegría

como quienes disfrutan

de este paisaje

en compañía.

(Oigo sus voces, a lo lejos,

entre las luces de la calle

y mis palabras ausentes.)

 

VI

 

He transitado calles vacías,

idénticas a mi lecho,

iguales a mis pupilas.

 

VII

 

El sol ha nacido tras las nubes,

miré una tenue luz entre barcos,

suspiré y dije adiós a las aguas.

 

VIII

 

Largo caminar entre veredas quietas,

llego a la ciudad y su movimiento

para emprender el retorno.

(Volver no es más que una prolongación

de la soledad que hemos narrado.)

 

IX

 

Me sigo alimentando de tus calles

y de las miradas que pasan a mi lado.

Un día (lo aguardo con ansia)

esos ojos se verán más cerca

y tiernas manos se tomarán de las mías.