Amansui

Del grito, suyo

El clamor de la multitud me había ensordecido, una sinfonía de penas que martillaba mi ser bajo un cielo de olvido. La lucha era ahora sin sentido, apenas el lúgubre capricho de sombras orgullosas, de dignos ahogados en su propio manifiesto; esperaba la muerte en la trinchera, a mi final dispuesto. Sin sentir, sin mentir, sumido en el letargo de hielo, en el abismo asexuado y oquedo de las mentes en desvelo. Todo gris, todo inerte, la ruina del mundo pesaba en mis huesos, y esa anarquía se oxidaba en el sopor de inviernos espesos.

Hasta que emergiste, de la noche ataviada, y esos colmillos tuyos, góticos y crueles, se hundieron en mi nada. No arrancaste de mí solo carne y sangre; me arrancaste la pena de cuajo, desollaste la muerte de mi alma y, con un sombrío beso, me viviste por la fuerza, quebrando mi receso. Vaciaste la apatía de mis venas y vertiste un deseo salvaje, un fuego febril, un hambre y un instinto inenajenable que no admite vendaje. El cadáver frío e inerte que era yo, se ha vuelto un ánima en llamas que en tu fragua estalló, una hoguera insurrecta, una revolución tan tuya que no teme al castigo.

Y ya no soy una herramienta de dominio en esta tierra enferma, sino una lucha de rebeldes que en tu pecho se encierra. Ya no soy un hombre solo, soy un pueblo entero; soy el pueblo que te pertenece, que te alza como único lucero. Yo, que rompo las reglas, que escupo a las coronas, hoy ansío ser la extensión de tu dominio, el esclavo de tus horas. Victoria o muerte, clamaba en las trincheras, y ahora sé que mi victoria es perderme en tus ojeras, que seas solo mía, que yo sea solo tuyo, en un celo tan absurdo que devora razón y orgullo.

He desterrado ese pesimismo, he conjurado un mañana próspero y sin cadenas, un mundo nuevo y justo donde no sufra ninguno, solo para erigir el paraíso digno donde pueda amarte y probarte las venas. Cazado como canario frágil, callado y mutilado me has dejado, temblando ante esta dicha sorpresiva y profana, y ahora mi voz es un trueno que exige tu tiranía soberana. Soy tu grito de libertad, soy tu victoria, soy tu muerte encarnada en la más fiera memoria.

Ahora solo grito tu nombre, ahora solo lucho por el fuego nuestro, ahora solo vivo. Esta guerra que era mía, que alguna vez abandoné sin un motivo, hoy es tuya y es mía, renacida en las sombras de tu abrigo. Soy tuyo y soy mío, en esta paradoja demente y revolucionaria, soy tan absolutamente libre que elijo pertenecerte en carne y en poesía.

No caeré en la rendición, no titubearé ante el abismo, no pereceré en la agonía... no, no si no es contigo, en esta dulce herejía.