Quisiera gustarle a alguien.
No de esa manera pequeña
en que gusta una canción
o el café de las mañanas,
sino de esa otra,
la terrible,
la que hace que un hombre
mire entre todas las mujeres del mundo
y piense:
es ella.
Ella, precisamente ella,
con sus rarezas,
sus silencios a deshoras,
sus ganas de ser suficiente
y esa costumbre tan triste
de imaginar que sobra
incluso cuando nadie se lo ha dicho.
Quisiera que alguien me amara
y que el amor no fuera una pregunta.
Saberlo.
Como se sabe que la noche ha llegado
sin tener que asomarse a la ventana.
Quisiera un hombre
cuya presencia me devolviera mi nombre,
que me mirara como si yo no fuera
un accidente entre sus días,
sino el lugar al que desea volver.
Alguien con quien dejar de sentirme
una extranjera en todas partes.
Alguien que me hiciera un sitio
sin pedirme que cambiara de idioma,
que no encontrara demasiado extraña
esta manera mía de sentirlo todo
como si el corazón
no supiera cerrar las puertas.
Y, Dios mío,
qué vergüenza tener que admitirlo:
quiero gustarle a un hombre.
Quiero que le parezca bonita
una cosa que yo no sabía bonita,
que recuerde algo que dije sin importancia,
que mi nombre le cruce la cabeza
en mitad de una tarde cualquiera.
Quiero ser pensada.
No por vanidad,
o quizá también un poco por ella,
sino porque debe de haber algo hermoso
en descubrir que una existe
incluso cuando no está presente.
Hay alguien.
Alguien que habla
y hace que yo escuche un poco más de la cuenta.
Alguien cuya inteligencia
me obliga a preguntarme
qué podría decirle
que no supiera ya.
Y yo, que a veces
ni siquiera sé qué hacer conmigo,
me descubro imaginando
qué clase de mujer podría gustarle.
Quizá busque a alguien como él.
Alguien que comprenda sus pensamientos
antes de que termine de pronunciarlos,
que comparta sus maneras de mirar el mundo,
que no tenga que admirarlo
desde tan lejos.
Quizá quiera a una mujer
que no se parezca en nada a mí.
Y está bien.
Qué cosa tan difícil de aceptar:
que una puede desear muchísimo
ser amada por alguien
sin que ese deseo le otorgue
ningún derecho sobre su corazón.
Él no me debe una mirada,
ni una oportunidad,
ni siquiera la posibilidad
de que algún día me quiera.
No me conoce.
¿Cómo podría amarme
si todavía no sabe
qué hago con la tristeza,
qué cosas me hacen reír hasta olvidarme,
cómo rezo cuando tengo miedo,
o qué parte de mí
intenta parecer valiente
cuando solo quiere que la abracen?
¿Cómo podría elegirme
si aún no ha tenido ocasión
de encontrarme?
Y, sin embargo,
qué ganas de que un día ocurra.
Que un día me conozca
y no le decepcione la distancia
entre la mujer que imaginó
y la que realmente soy.
Que descubra mis defectos
sin convertirlos en una despedida.
Que me encuentre inteligente
en alguna conversación absurda,
bonita en una mañana sin preparativos,
interesante incluso cuando
no tenga nada extraordinario que decir.
Que no tenga que convencerlo
de quererme.
Que le nazca.
Porque yo no quiero ser
la mujer que alguien acepta
después de comparar todas las demás.
No quiero ganarme un lugar
en un corazón que nunca me buscó.
Quiero que me elijan libremente.
Que alguien me mire
y encuentre en mí
algo que no estaba buscando
hasta que lo encontró.
Y quiero, también,
aprender a no confundir
ser elegida con tener valor,
porque qué triste sería
pasarme la vida esperando
que un hombre me nombre
para atreverme a existir.
Lo sé.
Pero saberlo no siempre consuela.
Hay noches en que una no quiere
ser su propia casa,
su propio refugio,
su propia respuesta.
Hay noches en que una quisiera
llegar a alguien
y dejar las llaves sobre la mesa.
Decir: hoy no puedo conmigo,
¿me dejas quedarme aquí un rato?
Y que ese hombre no se asuste
de la ternura,
que no confunda mi necesidad de cariño
con una exigencia,
que entienda que no quiero poseerlo:
quiero compartir con él
la milagrosa libertad
de quedarnos porque queremos.
A veces me pregunto
si él tendrá idea
de que alguien lo mira
con esa mezcla absurda
de curiosidad y miedo.
De que hay una muchacha
que quizá podría hablarle de cualquier cosa,
pero que, cuando se trata de él,
no sabe muy bien
dónde poner las manos,
ni qué hacer con sus pensamientos,
ni cómo impedir que la esperanza
se le note en los ojos.
Una muchacha que no sabe
si le gustaría conocerla
o si, de conocerla,
preferiría seguir de largo.
Y qué injusto sería
hacerlo culpable de mis fantasías,
ponerle en las manos
un amor que nunca me pidió.
No quiero eso.
No quiero que me quiera
por lástima,
por insistencia,
ni porque mis ojos lo hayan elegido
antes de que él pudiera conocer los míos.
Quiero que, si algún día me ama,
sea porque ha visto quién soy
y no ha sentido la necesidad de inventarme distinta.
Que me elija
sin que yo tenga que convertirme
en la respuesta de todas sus preguntas.
Tal vez él sea solamente
el rostro que mi esperanza eligió
para darle forma a una pregunta
mucho más antigua que él.
Tal vez no sea exactamente a él
a quien busco,
sino a ese instante
en que alguien deja de ser un desconocido
y comienza a ser hogar.
No lo sé.
Solo sé que me gustaría
que un hombre al que admiro
me encontrara digna de su ternura
sin que yo tuviera que convertirme
en alguien distinta.
Y si no es él,
tendrá que dolerme un poquito
y después seguir viviendo.
Porque no quiero pasarme la vida
esperando a que alguien me elija
para comenzar a quererme yo.
Mientras tanto,
seguiré siendo esta muchacha
que a veces quisiera ser extraordinaria
y otras solo quisiera gustarle a alguien.
Esta muchacha que reza,
que piensa demasiado,
que mira a un hombre
y de pronto se pregunta
si existe un lugar para ella
en el mundo de ese hombre.
No sé si será capaz de quererme.
Ni siquiera sé
si llegará a conocerme.
Pero hoy,
en esta pequeña habitación de mis deseos,
le escribo sin pedirle nada.
Con la esperanza
de que alguna vez alguien me mire
y yo no tenga que preguntarme
si se quedará.
Con el anhelo de ser amada
sin sentirme una intrusa
en la vida de quien amo.
Y con la ternura un poco ridícula,
un poco triste,
pero enteramente mía,
de quien todavía cree
que debe de haber alguien
que no se canse de descubrirla.
Te quiere con cariño,
tu admiradora.