Hay un hambre que no nombro,
Un hambre que llega de noche.
No hace ruido.
No golpea las puertas.
Solo se sienta junto a la cama y espera.
Una sombra detrás de los labios,
Un deseo que mira hacia adentro.
No sé si quiero apagarlo o abrirle la puerta.
A veces lo escondo bajo la piel,
Como si el silencio pudiera domesticar lo que insiste en crecer.
¿Qué hago con este apetito?
¿Lo encierro hasta que se vuelva ceniza o lo dejo salir?
Sin saber dónde termina el deseo y donde comienza el abismo.
Quizá quiere devorar el miedo, la distancia, la necesidad de fingir que no desea.
Y permanece allí, frente a su propio espejo, con la boca entreabierta, y las manos inmóviles, preguntándose si contener el hambre también es una manera de desaparecer.
Podría dejar que el deseo se pudra dulcemente dentro de ella hasta convertirse en un sueño.
-María Paz-