Crizs Matt

Éter

Hay algo entre nosotros y el infinito
que no sabemos nombrar.
Un lugar sin materia,
sin principio ni frontera,
donde el tiempo parece olvidar
que alguna vez fue tiempo.

La memoria tiene grabado cada instante,
cada rostro que alguna vez amamos,
cada despedida,
cada palabra que dijimos demasiado tarde.

Y allí permanecen.
Porque en la memoria
pasado, presente y futuro
coexisten en un mismo latido.

El niño que fuimos
todavía nos mira desde alguna fotografía.
El hombre que somos
camina sobre las ruinas
de aquello que soñó.
Y el que seremos
quizá ya nos espera
en algún lugar al que todavía
no hemos llegado.

Qué extraño es existir:
avanzamos hacia el futuro
mientras cargamos a cuestas
todo lo que ya terminó.
Quizá por eso el alma está inquieta.
Busca algo que ninguna hora puede entregarle,
algo que ningún cuerpo puede conservar,
algo que permanece
cuando todo lo demás se desvanece.

Buscamos en el amor,
en los recuerdos,
en los cuerpos,
en los nombres que pronunciamos
para no sentirnos solos.
Pero todo pasa.
Las manos envejecen.
Las ciudades desaparecen.
Los rostros que amamos
un día se convierten en recuerdos.

Hasta nosotros mismos
terminaremos siendo memoria
en la vida de alguien más.
Y aun así,
hay dentro del hombre
una sed que no aprende a morir.
Porque el alma siempre estará inquieta
hasta que descanse en Dios,
donde el tiempo no tiene fin.

Tal vez eso sea la eternidad:
no vivir para siempre,
sino finalmente dejar de perseguir el tiempo.
Dejar de temerle al pasado,
dejar de apresurar el futuro,
dejar de aferrarnos al presente.

entrar, por fin,
en ese silencio infinito
donde nada se pierde
porque nada se necesita.
Quizá allí comprendamos
que nunca estuvimos separados del tiempo,
que cada instante vivido
fue apenas una chispa
en algo mucho más grande,
y que aquello que llamamos vida
no era más que el camino
hacia el único lugar donde el alma
puede dejar de buscar, la Eternidad.