Crónica de ceniza y luz ha sido mi paso por la tierra,
la más alta bitácora que sostengo entre las manos;
un recado de fuego que el viento desmantela y borra,
arrojado a los desiertos del aire, sin geografía ni puertos.
Mi propia garganta destiló ese canto errante
que no busca el reposo del metal ni el barro de los buzones.
Ay, la belleza es este territorio que mis dedos no colonizan,
el agua que se evade, lo que se ama con la fuerza del náufrago.
Por eso escarbo hoy la paciencia de la costa desierta,
donde una herida de plata desgarraba el lomo del océano.
Yo era el ala nómada, el viajero de las estaciones frías,
el pájaro de sombra que cruzaba los cielos ,
pero desaprendí el viaje para construir mi maderamen en tu pecho,
para quedar inmóvil bajo el peso de tus brazos.
Si alguna vez habitó la bondad en mi mirada de piedra,
si el ramaje de mi cuerpo floreció con alguna gracia terrestre,
fue tan solo allí, enredado en el nácar de tu cuello,
encallado para siempre en la colina frutal de tus senos.