Yo quiero mirar tus ojos en la mañana,
descubrirte con los primeros rayos de luz,
radiante y magnífica,
eterna ante mis manos que hurgan en tu cuerpo
en busca de lunares nuevos.
Cuando te veo,
percibo que la creación hizo a las mujeres,
y después a las flores.
Entrelazo mis dedos entre tus dedos,
nuestras palmas se acoplan,
me siento a salvo;
eres cálida igual que la última mañana
que despide al verano.
Mujer, yo era solo un triste muro
y un día apareciste como una buganvilia;
todo en ti renace.
Te escucho como arroyito en medio del bosque,
imagino tu boca, la comisura,
su densidad, el tacto;
sabes a fruta, tu piel desprende un olor dulce,
como a racimo de uvas frescas.
¡Ah, mujer!
No cambiaría tu amor
ni por el universo entero.