La evolución es, de pasajes anfractuosos,
un intrincado laberinto.
Tenemos dedos porque,
como especie, provenimos de Dédalo,
por lo cual inventamos el dedal
y hasta el verso dactílico,
y, justamente, por no ser aptos para el vuelo,
también inventamos el avión
y después las astronaves,
cuyo antecedente fue Ícaro,
con sus alas construidas
—por Dédalo, su padre—
de plumas, hilo y cera.
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lunes, 5 de octubre de 2026