EL PUERTO Y LA RAÍZ
LETRA: LA MECHE
Hemos visto cambiar la luz del cielo
y amansarse la prisa entre las manos;
ya no nos pesa el paso de los años
ni el invierno cubriendo nuestro suelo.
Tu mirada es la calma que sostiene
el cansancio del mundo cuando pesa,
esa certeza humilde que no cesa
y en el silencio del hogar se tiene.
No hacen falta promesas estridentes
cuando el tiempo grabado en nuestra piel
es el testigo claro y más fiel
de un amor que echa raíces profundas y crecientes.
Tú eres mi puerto, yo soy tu raíz,
la tierra que abrazo, la casa que elegí;
y aunque cambie el tiempo, aunque cambie la vida,
si tú estás conmigo, no me falta salida.
Tú eres mi calma, mi forma de estar,
la historia que el tiempo no pudo borrar;
y después de tantos caminos y heridas,
qué hermoso encontrarnos al final de la vida.
Eres el puerto donde el viento amaina,
la voz limpia que cura la tristeza,
el principio, la paz y la certeza
con que la vida cada mañana amanece y se ilumina.
Tú eres mi puerto, yo soy tu raíz,
la tierra que abrazo, la casa que elegí;
y aunque cambie el tiempo, aunque cambie la vida,
si tú estás conmigo, no me falta salida.
Tú eres mi calma, mi forma de estar,
la historia que el tiempo no pudo borrar;
y después de tantos caminos y heridas,
qué hermoso encontrarnos al final de la vida.
Y si algún día se nos cansa el camino,
si alguna noche se nos apaga la voz,
quiero encontrarte como siempre en mi destino,
con tu mano en la mía y los dos frente al sol.
Tú eres mi puerto, yo soy tu raíz,
la tierra que abrazo, la casa que elegí;
y aunque cambie el tiempo, aunque cambie la vida,
si tú estás conmigo, no me falta salida.
Tú eres mi calma, mi forma de estar,
la historia que el tiempo no pudo borrar;
y después de tantos caminos y heridas,
qué hermoso encontrarnos al final de la vida.
Tú eres mi puerto...
Yo soy tu raíz...
Y después de tantos años,
todavía te elegiría a ti.
/_/_/_/_/_/_/_/_/_/_/_/_/_/_/_/
LA HABITACIÓN LLENA DE GAS
Wcelogan
La noche dejó su abrigo
sobre el respaldo de una silla
y se quedó mirándonos.
Tú acercaste la boca
como quien acerca una cerilla
a una habitación llena de gas.
Yo no dije nada.
Hay silencios
que saben exactamente
dónde poner las manos.
Tu vestido tenía la insolencia
de una puerta mal cerrada;
bastaba un movimiento
para que toda la casa
cambiara de temperatura.
Tus ojos buscaron los míos.
Los míos no retrocedieron.
Y la distancia,
esa pequeña cobarde,
empezó a perder centímetros.
Nadie apagó la lámpara.
Hasta que, detrás de una puerta,
alguien soltó un aullido
y ninguno de los dos
supo decir de quién.
Sobre la silla,
el abrigo de la noche
seguía esperando.