syglesias - El Poeta de la Nostalgia

Por amarte, así, no escribo para sanar. Escribo para no olvidar que estuve vivo - De la vida - \"La NARRACIÓN\"

 

Esta narración está inspirada en la vida… 

 

syglesias
Presenta


Del ciclo de la vida en Parejas…

 

“Esta narración, está basada en hechos reales de mi vida. “

 

Por amarte, así, no escribo para sanar. Escribo para no olvidar que estuve vivo - De la vida:

 

“A veces, la vida, dice, hay algo más que falta por alegar,

Que no será intentar que te escuchen, decir lo siento.”

 

 

El espejo no miente:

No escribo para que me lean. Escribo porque el silencio me pesa más que la palabra. Llevo años callando y las palabras se me acumulan en la garganta como piedras. Pero hoy, frente al espejo, ya no puedo seguir mintiéndome.

El espejo no miente. Nunca mintió. Me muestra lo que soy: un joven que envejeció demasiado rápido, cansado de los golpes que la vida me dio por errores que pude evitar. Me miro y veo las arrugas. No son del tiempo. Son de las noches en vela, de los llantos ahogados en la almohada, de las promesas que creí y se rompieron como vidrio barato.

Amé sin ser amado. Y no una vez. Varias. Porque soy de esos que tropiezan con la misma piedra y aún así la acarician. Creí en falacias como si fueran verdades. \"Esta vez es diferente”, me decía. “Esta persona no es como las otras”. Mentira. Todas fueron iguales. Yo fui el mismo. El ingenuo. El que cree que el amor lo puede todo.

 

Primer amor: la inocencia rota:

Tenía veinte años. Ella dijo que me amaba. Yo le creí. ¿Por qué no habría de hacerlo? Las palabras sonaban sinceras. Los ojos brillaban. Las promesas fluían como vino en fiesta. “Siempre estaré contigo”, dijo. “Nunca te dejaré”, juró.

Duró seis meses.

Se fue con otro. Sin explicación. Sin despedida. Solo un mensaje frio: “No funciona”. No funcionaba para ella. Para mí, funcionaba demasiado. Funcionaba hasta doler. Hasta dejar el pecho vacío y la garganta cerrada.

No supe decir “lo siento”. No supe preguntar qué hice mal. No supe luchar. Me quedé callado, como siempre. Y el silencio se convirtió en mi lenguaje. En mi refugio. En mi prisión.

 

Segundo amor: la promesa rota:

Treinta años. Ya debería haber aprendido. Pero no. Conocí a otra. Dijo que era diferente. Que yo era especial. Que nunca había sentido lo que sentía conmigo. Promesas. Todas promesas.

Vivimos juntos. Compramos cosas. Hicimos planes. Hablamos de hijos, de vejez, de morir juntos. Yo estaba viejo de tanto creer. Ella era joven de tanto prometer.

Una noche llegué temprano. La encontré con otro. No gritó. No lloró. Solo dijo: “Lo siento”. Como si un “lo siento” pudiera arreglar años de mentiras. Como si un “lo siento” pudiera devolver el tiempo perdido.

No la odié. No podía. El amor no se apaga con un chasquido. Se queda, como una brasa que no muere, aunque ya no caliente. La dejé ir. Otra vez. Otro adiós. Otra cicatriz.

 

Tercer amor: la traición aprendida:

Cuarenta años. Ya no creía en el amor. Pero el amor, terco, volvió. O eso pensé. Era distinta Madura. Decía entenderme. Decía no juzgarme. Decía quedarse.

Le abrí el pecho. Le mostré las cicatrices. Le conté las traiciones, conservando solo para mi los nombres. Ella dijo: “Yo no soy como ellas”. Frase. Otra frase. Todas dicen lo mismo. Todas mienten igual.

Duró dos años. Dos años de felicidad prestada. Dos años de creer que esta vez sí. Dos años de planear un futuro que no existía.

Se fue con mi mejor amigo. No hubo “lo siento”. No hubo explicación. Solo silencio. El mismo silencio que yo uso para sobrevivir. Ironía. O quizás justicia.

 

El ciclo:

La vida es un ciclo. Amas. Te rompen. Aprendes. Olvidas que aprendiste. Amas otra vez. Te rompen otra vez. Y así, hasta que un día te miras al espejo y ves a un viejo. Cansado. Golpeado. Sabio, pero demasiado tarde.

Porque la sabiduría del desamor no sirve. Llega cuando ya no hay nada que salvar. Cuando las heridas ya cerraron y solo queda la marca. Cuando el amor ya no duele porque ya no está.

Nunca fui sabio. Fui el mas engañado. Creí que alguna vez amé. Pero quizás solo amé la idea de amar. La ilusión de ser correspondido. El sueño de no estar solo en medio de un silencio.

 

Entre mi almohada y mi soledad:

Las noches son largas. El invierno se queda todo el año. Duermo poco. Y cuando duermo, sueño con lo que pudo ser y no fue. Con las palabras que no dije. Con los “te quiero” que guardé. Con los “quédate” que tragué.

Mi almohada sabe de mis llantos. Ha adsorbido mis lágrimas más que cualquier pañuelo. Es mi confidente. Mi testigo. Mi única compañera fiel.

La soledad ya no me asusta. La aprendí. La domestiqué. Es como un perro viejo: no ladra, no muerde, solo está. Y en ese estar hay más verdad que en todas las promesas rotas que escuché.

 

Los muertos como testigos:

A veces pienso que los muerto son útiles. No juzgan. No hablan. Solo están. Y en su silencio hay más razones por existencia que en todas las palabras de los vivos.

Ellos vieron lo que hice. Lo que no hice. Lo que debí hacer y no hice. Vieron mis errores. Mis aciertos, que fueron pocos. Vieron cómo amé mal. Cómo perdí bien. Vieron cómo sobreviví, aunque no debería.

Los muertos son testigos mudos. No mienten. No traicionan. No se van. Solo esperan. Y yo, algún día, seré uno de ellos. Otro testigo mudo, Otra verdad silenciosa.

 

Por qué escribo triste:

Escribo triste porque triste es lo que soy. No por elección. Por costumbre. Por historia. Por ciclo.

Escribo con dolor porque el dolor es lo único que no miente. Las promesas mienten. Las personas mienten. El amor miente. Pero el dolor no. El dolor es honesto. Duele y ya. No promete. No engaña. No se va y vuelve.

Escribo para dejar constancia. Para que alguien, en algún lugar, lea esto y se reconozca. No en la belleza. En la fealdad honesta de haber amado mal, de haber perdido bien, y de seguir aquí. Soportando el dolor al aceptar que debí dejar ir lo que se amó.

Evaluando lo que ocurrió por errores. Aplicando lo aprendido por todo lo que perdí. Comprendiendo que nunca fui sabio. Solo el más engañado.

 

Y entre mi almohada y mi soledad aprendida, sigo escribiendo.

Con el silencio como único testigo.

 

Y los muertos...

Siempre los muertos.

 

Testigos mudos.

Que no mienten.

 

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Sergio Yglesias García
Caracas, 10/09/2026 05:30 PM