La tarde caía herida por sus propios crepúsculos,
y mi sombra, licuada, se derramaba como un río de tinta triste
sobre las venas frías del pavimento.
A lo lejos, los jardines respiraban su verde follaje,
mientras el embarcadero, viejo brazo de madera marina,
estrechaba en su regazo a los remeros enamorados
que flotaban en barcas con aroma a pino y a deseo.
Yo caminaba sosteniendo un libro entre los dedos,
extrayendo el zumo nocturno de un misterio,
bebiéndome las páginas como quien bebe un elixir de sombras.
Pero la vida irrumpió con su geometría de milagro.
Junto al kiosco, un tropiezo desató la tormenta.
Un café veloz, náufrago de su propia taza,
dibujó su mapa místico sobre la tela de mis pantalones,
y cayeron mis hojas al suelo,
sepultadas entre los escombros de la cerámica.
Y entonces emergieron sus ojos, dos pozos de noche absoluta,
su piel de luna transparente, su porte de estatua avergonzada
que detuvo en el aire el vuelo de todas las disculpas.
Me miró con la dulzura de las frutas maduras y me dijo:
“¡Ay, no me mires así! Prometo que el café tenía un plan malévolo
contra tu traje, y yo solo fui una víctima de las circunstancias”.
Y en su boca nació una sonrisa,
un relámpago de luz que encendió la tarde,
que disolvió la madera de los barcos y el misterio del libro,
iluminando el parque, el kiosco y mi corazón desarmado.
Desde el segundo en que el tiempo se detuvo entre manchas,
sentimos que ya nos debíamos este encuentro,
elegimos este viaje donde el final no importa,
en este mapa sin bordes donde amarse es infinito .