Hoy, mientras el sol salía a la cuesta de las montañas,
una anciana a la que llamo abuela, se retorcía entre las sábanas,
evitando a toda costa el hecho de levantarse.
Era inevitable, ya el sol había salido y gritaba con todas sus fuerzas que la mañana había empezado.
Aún con sueño y los ojos entrecerrados, esa señora, con una cara parecida a las uvas pasas, se levantó.
Se lavó la cara y los dientes y se dirigió a la cocina, buscó entre los estantes un encendedor,
prendió la estufa, colocó una olla y en pocos segundos, el olor a café hirviendo entre las orillas
de aquella olla vieja, negra y abollada, llenó la casa.
Es ese olor, el olor de mi abuela era el que llenaba de esperanza mi vida.
Quisiera que el tiempo se detuviera, que los años no pasaran y que ese olor se
impregnara en las paredes de esta vieja casa, en la ropa de cada ser que habita aquí,
quisiera que esa señora vieja, que llena nuestra vida de colores, de líneas de edad y de
felicidad, durara para siempre, que sus arrugas nunca dejaran de aparecer, que sus manos
siguieran preparando café cada mañana y que su olor permaneciera en cada rincón de esta casa,
incluso cuando ella ya no estuviera, porque su olor significaba su presencia, y su presencia nuestra felicidad.