Hay momentos
en los que me desconozco un poco.
No demasiado.
Lo justo para darme cuenta después.
Es extraño porque mientras ocurre,
todo parece tener sentido.
Una palabra lleva a otra,
un gesto empuja al siguiente
y sin saber muy bien por qué,
termino unos centímetros por delante
de donde quería estar.
Luego vuelvo.
Y desde ahí todo se ve distinto.
Me escucho otra vez.
Repaso la escena.
Encuentro ese segundo exacto
en el que podría haberme detenido
y sin embargo, decidí avanzar.
Quizá sea esa necesidad absurda
de añadir algo cuando ya era suficiente.
De llenar un silencio que no estaba vacío.
De ponerte de puntillas cuando nadie
te había pedido que fueras más alto.
Y aguantar así un rato, inmóvil,
haciendo equilibrio
sobre una versión de ti
que pesa más de la cuenta.
Cuando por fin apoyas
los talones en el suelo
descubres algo todavía más incómodo.
Estabas bien donde estabas.
Creo que eso es
lo que más cuesta aceptar.
No la torpeza. No ese momento
que después repetirás
mil veces en la cabeza
deseando haberlo hecho de otra manera.
Sino saber
que no había ninguna necesidad.
Que nadie estaba examinando.
Que no había ningún premio
esperando al otro lado.
Y que aun así, lo hiciste.
Después
queda aprender a soportar también
a ese que aparece de vez en cuando.
Al que se equivoca por exceso.
Al que alguna vez necesita demostrar
lo que nadie le está pidiendo.
Al que se aleja dos pasos de sí mismo
y después tiene que recorrerlos de vuelta.
No me gusta encontrarme ahí.
Pero vuelvo.
A veces donde no toca
o simplemente como no toca.
Supongo que también soy ese.