Se arropa el cielo, se cubre de llanto,
delirios como lágrimas que estremecen,
mi paso cansado y franco,
dormidos cipreses que no envejecen.
El viento no rompe ni mece tus labios,
la lluvia deja colgados tus brazos,
ayeres que no reposan sobre mis manos
quedan dormidos en el cajón de acero pintado.
Fue mi poesía un trapo de remiendos,
una sobrecama de retazos de antaño,
un sombrero sin alas, sin formas, sin sueños blancos;
soy el derroche de mi vida,
el desecho de mis días.
No encuentro cómo conjugar mis pasos,
no sé cómo compartir mis días,
no siento el triunfo de mi vida
en estos cansados pasos.
Cuando se acabe la cubierta de mis huesos,
que no quede gota de recuerdos en mi conciencia,
que mis brazos dejen quieto el pincel del poema
y muera el color de mis escritos.
Dejaré mis delirios compartidos,
dejaré espirales sobre la bruma,
como estrellas muriendo en el espacio,
constelaciones moribundas sin hilos blancos.
Y camino...
como quien busca entre sus propios recuerdos
aquello que alguna vez llamó
la vida del poeta.
Autor. Adolfo Casas C