Queriendo escapar de la soledad,
un demonio captó su atención.
Él no veía odio, no sentía terror.
Sin darse cuenta, inventó una historia de amor.
La manipulación quedó en segundo plano.
Era irrelevante.
El joven iba a obedecer, con placer y sin cobrarle.
Era feliz sintiéndose odiado.
Para su “ángel”, él era “lo más preciado”.
Aquel joven creció en soledad.
Su amada no podía ocupar cada lugar.
Amigos perdidos, familia que dejó atrás.
Un consuelo demoníaco que él no quería soltar.
Los años pasaron. Las puertas se cerraban.
Sin discusiones... sin charlas, en realidad.
Rutinario, vacío, con rastros de soledad.
El tiempo se detuvo, aunque el demonio no lo notó.
Tanto daño a través de los años, de nada sirvió.
Amigos alejados, familia queriendo ayudar.
Aquel antiguo joven había abandonado su hogar.
El hombre los ignoró, dispuesto a avanzar.
Solo en su soledad...
Un día, todo cambió... Él quiso todo cambiar.
Le rogó al demonio que parara; no tenía caso lastimar.
El demonio se rehusó a abandonarse,
a abandonar su única realidad.
¿Olvidarse de quién es para complacer a su humano?
Aquel que entregó todo... lo que no había solicitado.
Las décadas pasaron...
Amigos muriendo.
Familia resignada.
Demonio.
El anciano creía amarla.
Pero su historia de amor acabó en soledad.
Mientras que el demonio, sin pedir nada...
consiguió todo lo que un hombre podía dar.