Existe un museo
que nadie ha construido.
No tiene puertas,
ni vigilantes,
ni horarios de visita.
Guarda, sin embargo,
todo lo que alguna vez
estuvimos a punto de decir.
En sus salas duerme un te quiero
que llegó demasiado tarde,
un perdóname
que envejeció en la garganta,
un quédate
que aprendió a vivir
con la ausencia.
Hay vitrinas donde permanecen
preguntas sin respuesta,
verdades que temieron la luz,
y nombres que pronunciamos
solamente por dentro.
Dicen que allí
se conserva intacto
el instante anterior a cada decisión:
esa pequeña frontera
donde una palabra
todavía puede salvar un mundo
o perderlo.
Quizá por eso
nadie encuentra el museo.
Porque no está en ninguna ciudad.
Está dentro de nosotros,
en ese territorio invisible
donde lo que callamos
sigue sucediendo
de otra manera.
Y pienso:
tal vez nuestra vida
no sea solamente
lo que dijimos,
lo que hicimos,
lo que elegimos.
Tal vez también somos
todo aquello
que pudo haber sido
cuando una palabra
tembló en nuestros labios
y decidió no nacer.
Por eso,
si algún día encuentras
una puerta dentro de ti
que nunca habías visto,
entra despacio.
Puede que allí
te esté esperando
la vida que no viviste.
Rosa María Reeder
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