Érase una noche de invierno, una pareja habitaba un rancho frío, por cuyas rendijas se colaba el viento pampero. Afuera, la brisa del río traía perfumes de naranjos en flor, pero dentro solo reinaban el silencio y la pobreza.
Juana llevaba varios días enferma. La fiebre le encendía las mejillas y le robaba el aliento. Anacleto había caminado hasta el pueblo en busca de medicina, pero regresó con las manos vacías: el río crecido le cerró el paso y la noche terminó de borrar los caminos.
Sentada junto al fogón apagado, ella le pidió que no temiera. Le habló de la primavera, de los naranjos y de una casa luminosa donde algún día vivirían. Después apoyó la cabeza sobre su pecho. Su respiración se volvió lenta, casi invisible, hasta que su último suspiro se elevó.
Hoy, en el nuevo lado, el río muerde, pero lo hace desde lejos. Lo vivido se siente desde el silencio, pero no para olvidar ni para sentir vacío. Ese tiempo forma el silencio y da sentido a lo vivido. Cada recuerdo es el aliento que se siente florecer en un naranjo, y la vida llama a renacer en cada paso.
La brisa llevo consigo los inesperados y urgentes deseos nunca expresados y un adiós que se niega a serlo, que se convirtió en un camino a recorrer. Un camino entre naranjos florecidos
Fue entonces cuando Anacleto lloró.
Marta