No sé nada del fuego.
No sé leer el reverso de los pájaros.
Guardo cosas del tiempo:
una sonrisa de mi abuela,
las guirnaldas del olvido,
las postales del amante,
los legados obstinados de las ratas,
las traiciones y los barcos,
las orillas y lo rentable de ser miserable.
¿Pero a quién le escribo poemas?
Si el corazón es un hotel de paso,
en donde me alquilo o me habito
y desconfío de la astrología,
y de quien no suda cuando besa
y no llora cuando baila.
No sé nada del fuego.
Guardo las palabras
en la misma maleta donde empaco las sonrisas de mis abuelos,
los crepúsculos,
los llantos y tropiezos de mi niñez.
Y a veces me elevo como un papelito
y soy un testigo infame de las horas,
un árbol ciego,
una ventana que se cree rayo
o un rayo que se cree las mentiras de la tormenta.
¿Pero a quién le escribo poemas?
¿O palomas?
¿O mierdas?
Si el corazón es un hotel de paso en la inmensidad de este mundo hostil,
y me alquilo
o me deshabito y
si he guardado todas las palabras
en la misma maleta donde empacué la mirada de un océano por estallar de mis abuelos.