Se creyó pez
y con la lengua
pegó sus escamas.
Con la chapa en la frente
arremetió
con obstinación de maza.
Sangró su nariz
y por fin sintió que nadaba.
Dos anzuelos como amuletos
debajo de su almohada.
Era el único de su especie:
apenas un remedo de cardumen.
Tenía la delgadez del barro,
el peso que no sostiene la agalla.
Moría en la superficie,
solo si respiraba.
Un día aceptó:
solo siguió la corriente.