Aprender del agua
Quisiera aprender del agua
la manera secreta de entregarse,
esa antigua costumbre de tocarlo todo
sin quedarse prisionera de ninguna cosa.
Ser agua para llegar a ti
sin preguntar por las puertas,
deslizarme lentamente por tus días
como la lluvia que encuentra una ventana
y deja en el vidrio
la memoria de su paso.
Quisiera amarte así:
sin medir la distancia,
sin levantar fronteras entre tu cuerpo y el mío,
sin pedirle al corazón
un mapa para llegar a donde ya pertenece.
Porque el agua conoce
lo que nosotros olvidamos:
que amar no es poseer la orilla,
sino aceptar que el río
también necesita perderse
para encontrar el mar.
Y cuando bebas de mis labios,
no busques solamente mi sed.
Habrá en ellos montañas lejanas,
piedras que alguna vez fueron silencio,
lluvias antiguas,
noches enteras descendiendo hacia la tierra.
Habrá también
algo de mí que no conozco,
una región escondida
donde tu nombre comenzó a crecer
antes de que yo supiera pronunciarlo.
Déjame quererte con esa paciencia
con que el agua pule las piedras:
sin violencia,
sin prisa,
día tras día,
hasta convertir la dureza
en una forma de ternura.
Quiero estar cuando rías
y cuando el cielo se cierre sobre tus hombros;
cuando seas jardín
y cuando seas desierto;
cuando tengas palabras
y cuando solamente puedas ofrecerme silencio.
No quiero beberte entera.
Quiero acompañar tu sed.
Ser la lluvia que llega sin promesas,
el pequeño río que insiste,
la humedad secreta bajo la tierra
que sostiene las raíces
aunque nadie la vea.
Y si alguna vez nos separa el tiempo,
si nuestras manos dejan de encontrarse,
si la noche levanta entre nosotros
sus interminables muros,
no creas que el amor habrá terminado.
Porque yo habré dejado en ti
una lluvia que nadie podrá detener,
un río secreto bajo la memoria,
una pequeña corriente de luz
buscando todavía tu corazón.
Y tú habrás quedado en mí
como quedan los océanos en la tierra:
sin verse,
pero sosteniendo desde abajo
el peso entero del mundo.
Entonces comprenderé
lo que el agua sabe desde siempre:
que nada de lo que ama desaparece,
que toda despedida es apenas
otra forma de regresar,
que el río puede perder su nombre
al entrar en el mar
y, sin embargo,
volverse más inmenso.
Por eso, si un día ya no estoy,
no me busques en las piedras
ni en la sombra de los caminos.
Búscame donde la lluvia
golpea la ventana,
donde una nube se rompe sobre la montaña,
donde el mar levanta su antigua voz
contra la noche.
Allí estaré.
No como un recuerdo,
sino como el agua:
entrando en la tierra,
subiendo hacia el cielo,
volviendo a caer sobre el mundo,
eternamente distinta,
eternamente la misma,
porque cuando dos almas
han aprendido a amarse de verdad,
ni siquiera la muerte
consigue secar el río.
Y si alguna vez el universo
olvida nuestros nombres,
que al menos quede esto:
que una vez, bajo este cielo,
dos corazones se encontraron
y aprendieron a amarse
con la misma fuerza
con que el agua
lleva siglos buscando el mar.
—Luis Barreda/LAB
Tujunga, California, EUA
Noviembre, 2017.
Género: poesía lírica
Forma: verso libre.