Cuando ella decía
que estaba mal,
todos se acercaban.
—¿Qué pasó?
—¿Quieres hablar?
—Estoy aquí.
Le daban tiempo.
Le daban un abrazo.
Le decían que estaba bien
no estar bien.
Yo aprendí a mirar
desde lejos.
Porque cuando yo estaba mal,
las palabras cambiaban.
—Sé fuerte.
—No seas tan sensible.
—Eres un hombre.
—Tienes que aguantar.
Así que aguanté.
Cuando estaba cansado:
Estoy bien.
Cuando no quería hablar:
Estoy bien.
Cuando algo me dolía:
Estoy bien.
Era curioso.
Ella podía decir
que no podía más.
Yo tenía que demostrar
que podía con todo.
Ella podía llorar.
Yo tenía que apartarme
para que nadie me viera.
Ella podía pedir ayuda.
Yo tenía que aprender
a no necesitarla.
Con el tiempo
dejé de intentarlo.
Mis amigos dejaron de preguntar.
Mi familia dejó de notar
cuando estaba callado.
Y yo seguí diciendo:
Estoy bien.
Hasta que un día
alguien me preguntó:
—¿Por qué nunca hablas
de lo que sientes?
No supe qué responder.
Porque durante años
había escuchado lo mismo:
“Los hombres tienen que ser fuertes.”
Y nadie me había explicado
que ser fuerte
también podía significar
decir:
“No estoy bien.”
Pero para entonces
ya me había acostumbrado
tanto a callarme
que incluso cuando tuve
la oportunidad de hablar,
no sabía cómo hacerlo.