Dan Storm

Lo vimos

Lo vimos brillar

por la alegría de encontrarla,

lo vimos

desempolvar la rosa roja de sus poemas.

Lo vimos entrar a un túnel, uno de colores,

donde creyó divisar estrellas.

 

Mientras la canción pregonaba

que tarde o temprano algún sueño se cumple,

vimos pasar los días sobre su cielo

en total ausencia de nubes.

Abrió su corazón de mina clausurada

y el verso voló en piloto automático,

con cantidades industriales de palabras dulces,

en una inspiración inagotable y diaria.

 

Lo vimos soñar, ejerciendo en pleno

el derecho al que todos tenemos goce.

Barrió con fuego sus telarañas.

Le preparó un café a sus miedos

mientras esperaban.

 

Y así como vimos a nuestro amigo

sembrar de setas luminiscentes su tiniebla,

también vimos cuando del trigo

emergió descaradamente la mala hierba.

 

Lo vimos luchar

por el cristalino rumbo de sus coordenadas,

pelear por alcanzar el brillo

de su cometa,

lo vimos cuando al timón,

el rostro henchido por el viento y el agua,

sostenía la proa de frente a la tormenta.

 

Lo vimos delirar

cuando con manos ahuecadas

y el corazón en vilo,

soportando el frío,

la protegía como a una llama.

 

Vimos la misma llama

cristalizarse en verde hiel.

Y como era lógico y de esperarse,

sufrimos y gemimos con él.

 

Y entonces

cuando nos estábamos diciendo

que no podía terminar así,

cuando el metal del cáliz

de su alma férrea dejó de crujir,

 

lo vimos

arrancarle un rayo a la noche,

ensamblarse a sí mismo de sus cenizas,

gritar sobre el cadáver de su orgullo

¡que la vida no sería más corta que su dolor!,

 

lo vimos saciar

con sus mismas lágrimas su sed,

y apoyarse en las espinas

con tal de jamás caer,

y le quebró la cerviz al silencio,

y asaeteó entre las cejas al deseo de volver.

 

Lo vimos extirpársela

con pinzas del corazón,

como a pequeños trozos de metralla,

uno a uno, uno a uno...

 

y en la Tierra no hubo ninguno

que lo gozara más que él,

“Y la vida lo invitó

al baile de los detalles”,

y le ayudamos

a alquilar el traje,

 

y al pasar de las ninfas,

cuando río se volvió el estanque,

vimos los peces dorados

de su poesía

nadar corriente arriba,

volver,

gestar de nuevo la historia

de su coraje.

 

Agradecidos estamos

de lo que hubimos de ver.

A más de un nieto podremos relatarle

que un día vimos un sol renacer.