Habla Centroamérica!
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La historia no entra por la puerta
Se cuela con el olor del café
con el barro pegado a los zapatos
con la lluvia que baja de los volcanes
y deja los caminos abiertos
como heridas.
En Guatemala, un patojo
corre detrás de una pelota.
¡Muchá, vámonos! grita
mientras su madre, desde el patio
sacude el huipil sobre la cuerda.
El chucho duerme junto al fogón
y la tarde huele a maíz y leña.
En El Salvador, un cipote
vende pupusas en la esquina.
¿Qué pasó, chero?
Aquí estamos.
¿Todo bien?
Todo bien, pues.
Y sigue empujando su carrito
como quien empuja el día
contra la cuesta.
En Honduras, una madre
espera junto a la pulpería.
Andá con cuidado, muchacho!
Sí, mamá.
Y si podés, llamame.
La carretera se lleva al hijo
pero ella se queda mirando
hasta que el último ruido desaparece.
En Nicaragua, un chavalo
cruza la plaza con su mochila.
¿Vas a volver, maje?
Claro que sí.
Pero en la voz del muchacho
hay una sombra que no nombra:
la frontera
el camino
la distancia.
En Costa Rica, una güila
se ríe bajo la lluvia.
¡Diay, vení!
¡Ya voy!
Corre entre los árboles
con las rodillas llenas de barro
y la tarde parece decirle
que todavía hay futuro.
En Panamá, un pelaíto
vende agua junto a la calle.
¡Compa, dame una!
Y el bus pasa lleno
sacudiendo las ventanas
mientras el sol cae despacio
sobre el istmo.
Seis países.
Seis maneras de nombrar la vida.
Una misma lluvia sobre los techos.
Un mismo maíz en las manos.
Una misma memoria
que no cabe en los libros!