Junio 29, 3:10 pm
Siempre que llega el invierno me entra el delirio de ver el mundo con otros ojos; regreso a mi nostálgico catálogo, un ritual de humareda y silencio que no se apaga. Me invade una turbación muy viva de la que intento escapar. El último jueves traía la urgencia de cruzar 18 de Julio y beber vino en un barcito, donde doña Sosostris una vez me leyó las cartas: «Te olvidarás de ti como lo hace el loco con su vida. Le dedicarás a la mente solo lo que se ha ido sin adiós». Presentí un misterioso coro de ideas desvanecidas, susurrantes fantasmas de cosas que se desprenden de la realidad. Varias veces me había bastado recorrer 18 de Julio, atravesar la pasarela de gente con rostros de lugar solitario y detenerme en la esquina de Herrera y Obes. Me bastaba verte, Malena, a la distancia, apreciar tus afilados rasgos, tus pronunciados ojos negros admirándose en el reflejo de las vidrieras de la Galería Central, esa mirada venida del interior. Era tan natural cruzar el callejón de la galería, asomarme por un costado y entrar en tu cintura, acercarme, ver cómo pequeñas gotas se disolvían al tocar el piso. Sé que estuve viviendo un tiempo prestado, recorrí tardes por el Parque Rodó, por veredas apenas iluminadas que ya no logro nombrar. Querida, era tan natural nuestro virtuoso desapego que justo después del amor nos dejábamos caer en silencios obscenos; la espuma de los besos se enfriaban mientras sentíamos eso que era el tiempo. Era la cadencia de tus suspiros la que evocaba el acento francés que tanto entrenabas. Permitimos que este jugueteo llegara lejos: O mon unique amour et ma grande folie.
*Doña Sosostris, personaje ficticio creado por Tomás Stearn Eliot para su obra The Wasteland (La tierra baldía, 1922): «Madame Sosostris, famosa pitonisa, / tenía un mal catarro, / aun cuando se la considera como la mujer más sabia de Europa, / con un pérfido mazo de naipes».