Cierta mañana de octubre
en una espesa arboleda
una araña laboriosa
trabajaba muy intensa
en la trampa preferida
y, pensando iba en su presa
con sus ansias de cazarla
de una forma traicionera…
Por la tarde un abejorro
iba en busca de su cena
y se oía aquel zumbido
entre ramas y hojas secas
y entre flores coloridas
cuyas mieles son más frescas.
Cuando el sol se iba ocultando
esa araña viuda negra
lo miraba entusiasmada
recostada entre la tela
con los hilos transparentes
trabajados con sapiencia
con instinto que es muy propio
(por vital naturaleza)
que en la noche es complicado
si es difícil que se vean.
Y la araña venenosa
cada vez estaba presta
al zumbido de aquel bombus
que libaba las violetas
los jazmines y amapolas
y las lindas azucenas
extrayendo muchas mieles
de las flores que son bellas.
Mas él nunca imaginaba
(en aquella espesa niebla)
que una araña venenosa
en sigilo iba más cerca
esperando que en la trampa
ese bombus le cayera.
Pero aquello que esperaba
era espera que envenena
porque nunca el abejorro
se acercó a la viuda negra
al mirarla amenazante
con sus patas esqueléticas.
Y voló aquel abejorro
justo al borde de la sierra
donde había muchas plantas
de azahar y de azaleas,
de begonia y buganvilia,
de caléndula y camelias
que también le dieron mieles
y no muerte sempiterna.
¿Y cuál será la enseñanza,
que esta fábula nos deja?
«Quien no está atento al peligro,
esperándolo se queda;
si prevé lo que se viene,
oportunamente vuela...»