Uno aprende a ser un tipo cualquiera,
a perderse entre las siete y las cinco de la tarde,
a defender las penas bajo los mismos techos:
a veces extendiendo la noche hasta la madrugada,
y otras tantas,
un domingo a las nueve de la mañana.
Es que, viéndolo bien,
nos parecemos tanto.
Caminamos cada uno por su orilla
para darnos cita recién en el fondo,
porque al final, se sabe,
todos caemos.
Pero a veces, simplemente,
queremos encontrarnos.
Tener el descaro de la mosca,
que se clava en la flor más hermosa
y desde ahí nos provoca;
una mancha oscura que nos perturba
y nos llena de envidia,
porque es imposible ignorarla,
tan fastidiosamente viva.