José Luis Barrientos León

Ceremonia en la hoguera

 

Te miro y ya te estoy mordiendo la memoria,

así, con esta rabia de animal hambriento,

porque no me alcanza la boca para comerte el tiempo.

Es una condena, ya lo sé, una sentencia de muerte

estar buscándote detrás de los párpados

como un loco que escarba en la tierra buscando agua.

 

 

Pero fíjate que el agua tiene la forma de tus ojos,

Por eso nos miramos y dibujamos un puente de humo,

un pasadizo secreto entre mi ventana y la tuya.

No hacen falta los labios para inaugurar el juego;

basta que las almas se rocen de perfil en el aire de la sala,

como dos gatos que inventan su propia noche.

 

 

¡Qué almas ni qué ocho cuartos, Es el cuerpo!

Es este maldito silencio noble que nos quema los dedos,

este secreto oscuro, hermoso y prohibido que nos arrastra.

Nos amamos a oscuras porque lo prohibido es lo único verdadero,

lo único que no nos pueden quitar los idiotas,

lo que nos deja marcados la piel como un hierro al rojo vivo.

 

Es que lo verdadero, es siempre del reverso.

Un calor abstracto que desarma los relojes y los horarios,

un juego de azar donde perder el sentido es la única regla.

Por eso, cuando nos soltamos, el cuarto queda lleno de naipes caídos:

sueños errantes que olvidaron su equipaje en tus pestañas,

pequeños afectos heridos que andan perdidos por la alfombra.

 

Que se pierdan los sueños, que se caiga el mundo,

pero que me quede tu fuego aquí, calcinándome las manos.

Este amor no es para entenderlo ni para ponerle nombres poéticos;

es para hundirse juntos en la cama,

bendecir la herida que nos deja ciegos

y seguirnos besando en el olvido, aunque nos lleve el tiempo.