Todavía te veo en lienzo envuelta,
amaneciendo al mundo susurrando
y a tu madre feliz, en paz soñando,
la alforja duerme, del legado absuelta.
Aún siento la rigidez disuelta
de tus rodillas a tu paso errando
o tu llanto, a un dedo reclamando
donde aferrarse en una noche incierta.
Aunque el tiempo con ansias nos domina,
hay tiempos sin tiempo, instantes de vida
pulsos eternos de luz agustina.
Y en la pálida noche envejecida,
en silencio, en paternal rutina
sigo mirando a mi niña dormida.