La encontré por accidente.
Una fotografía.
No sabía quién la había tomado.
Tampoco sabía quién era la persona que aparecía en ella.
Solo sabía que
no debía estar ahí.
Se la envié a un amigo.
—Mira esto.
Nada más.
Él respondió:
—¿De dónde la sacaste?
—No sé.
Después escribió:
—No la compartas.
Me pareció extraño.
Le pregunté por qué.
No respondió.
A los pocos minutos
me llegó otro mensaje.
“¿Ya la viste?”
Era otro amigo.
—¿Qué cosa?
Me mandó la misma fotografía.
Un poco después
apareció en otro grupo.
Luego en otro.
Alguien había escrito:
“¿Alguien sabe quién es?”
Después aparecieron comentarios.
Personas que no conocía
hablando de alguien
que tampoco conocían.
Algunos se reían.
Otros inventaban historias.
Yo solo miraba.
La fotografía seguía pasando
de teléfono en teléfono.
Entonces intenté borrarla.
La eliminé de mi galería.
Después del chat.
Después de la papelera.
Pensé que había terminado.
Hasta que alguien me mandó un mensaje:
“¿Por qué la borraste?”
No respondí.
Minutos después
me llegó otra versión.
Era la misma fotografía.
Pero había algo diferente.
Habían recortado la imagen.
Ahora solo aparecía
la cara.
La enviaron a más personas.
Después apareció en una cuenta pública.
Luego en otra.
Cada vez tenía más comentarios.
Cada vez tenía menos relación
con la fotografía original.
Alguien decía conocer a la persona.
Otro aseguraba saber dónde vivía.
Otro contaba una historia
que nunca había ocurrido.
Y todos hablaban
como si hubieran estado allí.
Yo seguía intentando borrar
lo que encontraba.
Pero por cada copia que desaparecía
aparecían dos nuevas.
Una noche recibí un mensaje
de un número desconocido.
Solo decía:
“No lo compartas.”
Me quedé mirando la pantalla.
Era exactamente la frase
que mi amigo había escrito
al principio.
Abrí la fotografía original.
La miré durante unos segundos.
Entonces noté algo
que no había visto antes.
En una esquina de la imagen
había un espejo.
Y en el espejo...
aparecía mi teléfono.
La fotografía había sido tomada
desde mi propia habitación.
La fecha era de tres días antes
de que yo la encontrara.
Cerré el teléfono.
Por primera vez
entendí por qué nadie sabía
de dónde había salido.
No era una fotografía
que alguien hubiera encontrado.
Era una fotografía
que alguien había dejado
para que nosotros la encontráramos.
Y ya era demasiado tarde.
Porque para entonces
había miles de copias.
Miles de personas mirándola.
Y ninguna de ellas sabía
que también estaba en la fotografía.