Raul A

No lo compartas

La encontré por accidente.

 

Una fotografía.

 

No sabía quién la había tomado.

 

Tampoco sabía quién era la persona que aparecía en ella.

 

Solo sabía que

no debía estar ahí.

 

Se la envié a un amigo.

 

—Mira esto.

 

Nada más.

 

Él respondió:

 

—¿De dónde la sacaste?

 

—No sé.

 

Después escribió:

 

—No la compartas.

 

Me pareció extraño.

 

Le pregunté por qué.

 

No respondió.

 

A los pocos minutos

me llegó otro mensaje.

 

“¿Ya la viste?”

 

Era otro amigo.

 

—¿Qué cosa?

 

Me mandó la misma fotografía.

 

Un poco después

apareció en otro grupo.

 

Luego en otro.

 

Alguien había escrito:

 

“¿Alguien sabe quién es?”

 

Después aparecieron comentarios.

 

Personas que no conocía

hablando de alguien

que tampoco conocían.

 

Algunos se reían.

 

Otros inventaban historias.

 

Yo solo miraba.

 

La fotografía seguía pasando

de teléfono en teléfono.

 

Entonces intenté borrarla.

 

La eliminé de mi galería.

 

Después del chat.

 

Después de la papelera.

 

Pensé que había terminado.

 

Hasta que alguien me mandó un mensaje:

 

“¿Por qué la borraste?”

 

No respondí.

 

Minutos después

me llegó otra versión.

 

Era la misma fotografía.

 

Pero había algo diferente.

 

Habían recortado la imagen.

 

Ahora solo aparecía

la cara.

 

La enviaron a más personas.

 

Después apareció en una cuenta pública.

 

Luego en otra.

 

Cada vez tenía más comentarios.

 

Cada vez tenía menos relación

con la fotografía original.

 

Alguien decía conocer a la persona.

 

Otro aseguraba saber dónde vivía.

 

Otro contaba una historia

que nunca había ocurrido.

 

Y todos hablaban

como si hubieran estado allí.

 

Yo seguía intentando borrar

lo que encontraba.

 

Pero por cada copia que desaparecía

aparecían dos nuevas.

 

Una noche recibí un mensaje

de un número desconocido.

 

Solo decía:

 

“No lo compartas.”

 

Me quedé mirando la pantalla.

 

Era exactamente la frase

que mi amigo había escrito

al principio.

 

Abrí la fotografía original.

 

La miré durante unos segundos.

 

Entonces noté algo

que no había visto antes.

 

En una esquina de la imagen

había un espejo.

 

Y en el espejo...

 

aparecía mi teléfono.

 

La fotografía había sido tomada

desde mi propia habitación.

 

La fecha era de tres días antes

de que yo la encontrara.

 

Cerré el teléfono.

 

Por primera vez

entendí por qué nadie sabía

de dónde había salido.

 

No era una fotografía

que alguien hubiera encontrado.

 

Era una fotografía

que alguien había dejado

para que nosotros la encontráramos.

 

Y ya era demasiado tarde.

 

Porque para entonces

había miles de copias.

 

Miles de personas mirándola.

 

Y ninguna de ellas sabía

que también estaba en la fotografía.