Inventario antes del fuego
Cuando tengo esta necesidad de decir algo
que se oculta dentro de mí
en las esquinas de mi memoria,
detrás de los objetos perdidos y olvidados,
entre las pestañas caídas y el sueño,
y en la distracción de la belleza:
atesorada presencia
que algunos saben mirar
y que a otros, como yo,
algo nos hace falta
para poder verla,
o acaso
para que se deje ver.
Este vínculo íntimo perdido,
esta distancia cercana,
este nudo entre vos y yo
que nos sabe desatados.
¿Quién está del otro lado?
¿Quién es el otro que abre el abismo,
corrompe lo trivial,
perturba el instinto,
me quita la paz,
enferma mis ojos?
Ese que no salva,
que no orienta
y no responde.
Y así, en momentos como este,
busco entre las hojas amarillas de un libro,
muy lejos de este tiempo,
en otra voz antiquísima:
en Pound,
Whitman,
Stevenson,
Rilke.
En toda palabra que me desnude
de este cuerpo ajeno,
de esta mea culpa que me posee.
No sé por qué ahora pienso
en el diario de un joven seductor:
«No es mío lo que me pertenece
sino aquello a que yo pertenezco»,
y en la vorágine
de la juventud envejecida.
¿Acaso el otro siente como yo?
¿Acaso no estoy solo?
Después viene el alivio,
pero es preciso recordar al autor
y la página que habla de mi falta:
¿quién escribió acerca de nosotros
hablando de sí mismo
desde su quebranto?
¿Quién conoce mejor la herida
sino el que la sufre?
Llega, pues, la hora de buscar mis restos:
al hombre que murió en aquellos versos
con olor a humo de papel quemado,
que sufrió antes que yo
y me dejó migas hasta su sepulcro,
al que ahora peregrino
para mi redención.
En horas como estas
hago un inventario brevísimo
de lo mío y lo que no;
quizá deba decir: de nadie.
Porque ¿qué es nuestro?
Mirarte al rostro es saber que existo,
que solo en tu mirada
dejo de estar oculto.
¿Podré cruzar la noche de hoy
para llegar a la mañana de los gorriones?
¿Cómo puedo seguir escribiendo
si ya he saqueado toda mi soledad?
¿A quién pertenece lo perdido, lo olvidado,
las cosas que dejé
en los lugares que viví:
mis cuadernos,
mi cansancio,
mis preocupaciones,
mi anhelo,
mi sed,
mi voz;
lo que escuché y vi,
lo que invoqué,
mi alcoba a media luz,
los ruidos nocturnos de la madera?
Todo ha pasado ya
y lo revivo en esta pausa.
Hay alguien que toca la puerta
mientras mis palabras atraviesan mi carne.
No quiero abrir.
Quiero seguir durmiendo.
¡Qué egoísta es el tormento
cuando solo habla de sí!
Es en vano proteger la esquina sucia,
guardar los recuerdos en el baúl,
dejar el cuarto cerrado
y mal ventilado.
Es vana
la guardia nocturna del insomnio.
Siempre un viento y cierta luz
se filtran por las rendijas al mediodía,
y siempre un silencio y una melancolía
cuando llega la tarde,
el sonido de una radio
en la costa de Lima,
ahí, cuando las estrellas acechan iluminarnos
y la luz se desliza por los acantilados.
Antes que todo termine
y se me gaste la voz
como se me gastan los zapatos,
antes de que se vaya
este primer día de agosto,
mucho antes de pisar la arena del mar
y comenzar, a destiempo, el almuerzo;
antes de la última cena,
del último vino,
del último respiro,
de la última copa de agua con sal y hielo
y de la última palabra;
antes que se agote mi tiempo
y mi mente acabe en el fuego
como aquellos poemas en la hoguera,
y no quede ya lugar para los dioses
ni para mí,
no necesitaré buscarte.
Tal vez entonces
no haya nada que encontrar:
ni al hombre,
ni sus restos,
ni lo escondido
en la memoria.
Tal vez alguien siga tras la puerta.
Y yo, del otro lado,
por fin me deje ver.
Tal vez entonces
sepa yo abrir
y mirar.
Ricardo Castillo
De: Textos redescubiertos, 2022