En una noche de suplicio y desesperación,
entre sombras, oscuridad y abismos,
arrastrando pesadas cadenas que nadie podía ver,
esperé en silencio a que la noche terminara.
Y llegó el nuevo día.
El sol apareció resplandeciente,
como si el mundo no supiera nada de mi batalla.
Pero para mí, aquel cielo azul seguía siendo gris,
porque hay tristezas que no se disipan con la luz.
Tocaba ponerme de pie.
Asearme.
Vestirme.
Ponerme el disfraz de quien está bien
y salir nuevamente a enfrentar la vida.
Dibujé una sonrisa sobre mis labios,
una de esas sonrisas que no nacen del alma,
sino de la necesidad de esconderla.
Abrí la puerta
y caminé por las calles.
Vi niños camino al colegio,
con sus mochilas y sus sueños pequeños.
Vi personas con un café en la mano,
corriendo para alcanzar el autobús,
mientras el mundo seguía su curso
con esa indiferencia perfecta que tiene la vida.
Todos parecían tener un lugar hacia donde ir.
Y yo también caminaba…
Pero nadie sabía
que llevaba dentro una noche interminable.
Caminaba entre ellos
sin que nadie pudiera verme realmente.
Un rostro más entre miles,
un cuerpo avanzando por las calles,
una sonrisa prestada,
una mirada perdida.
Un fantasma.
Un espejismo condenado a cruzarse con la vida
sin sentirse verdaderamente parte de ella.
Y mientras todos corrían detrás de sus destinos,
yo apenas intentaba reunir los pedazos de mí
para llegar al final del día.
Porque hay mañanas en las que levantarse de la cama
no significa haber vencido la tristeza.
A veces significa simplemente
haber decidido sobrevivir una noche más.