Volví a Montréal
y la ciudad me recibió como me gusta.
Con los árboles vestidos de incendio,
hojas amarillas, rojas, naranjas,
como si el otoño tuviera
su propia manera de decir
que también se puede caer
sin dejar de ser hermoso.
El frío apenas toca la piel,
el calor ya no insiste,
y entre los dos
hay una temperatura perfecta
para volver a sentirse vivo.
Me asomo al balcón
y el agua parece dormida.
Tan tranquila
que por un momento
me pregunto cómo puede existir
tanta calma en una ciudad
que tantas veces me vio correr.
Pero el verdadero paisaje
no está en el agua.
Está detrás.
En los árboles
que decoran Montréal
como si alguien hubiera decidido
pintar la ciudad antes del invierno.
Y tengo tan pocas horas aquí
que todavía me parece extraño
estar caminando estas calles.
Estas mismas calles
de las que tantas veces quise huir.
Hoy regreso a un café
que guarda recuerdos.
Reconozco la mesa,
la luz entrando por la ventana,
el olor del café,
alguna canción perdida
en el fondo.
Y por primera vez
me doy cuenta de algo:
el recuerdo sigue aquí,
pero ella no.
Y eso no duele
como antes.
El café puede traerme memoria
sin traerme de vuelta a ella.
Una calle puede conocer mi historia
sin obligarme a repetirla.
Y quizás eso sea volver a casa.
No encontrar la ciudad intacta,
sino descubrir que uno puede volver
sin volver a ser quien se fue.
Camino.
Miro las hojas caer.
Y pienso que quizá el otoño
nunca fue una despedida.
Quizá simplemente
es la forma que tiene la naturaleza
de soltar lo que ya cumplió su tiempo
sin avergonzarse de haberlo amado.
Yo también estoy aprendiendo eso.
A dejar caer algunas cosas
sin odiarlas.
A recordar sin regresar.
A querer lo que fue
sin necesitar que vuelva.
Montréal empieza a sentirse casa otra vez.
No porque haya cambiado.
Porque cambié yo.
Y mañana
vuelvo a Buenos Aires.
A la ciudad de la furia.
A sus jacarandás,
a sus noches tibias,
a ese cielo que parece saber
que la primavera siempre llega
aunque uno haya pasado meses
convencido de que no.
Qué curioso.
Aquí dejo el otoño
con sus árboles desnudos de futuro.
Allá me espera la primavera
haciendo exactamente lo contrario:
llenándolo todo.
Y voy hacia ella
con el corazón distinto.
Porque durante mucho tiempo
Buenos Aires fue una ciudad
que imaginé contigo.
La ciudad que soñaba recorrer a tu lado,
la que existía en mis planes
antes de que la vida cambiara de dirección.
Y quizás por eso
me emociona volver.
No para cumplir aquel sueño.
Sino para descubrir
qué pasa cuando finalmente llego
a un lugar que alguna vez imaginé para dos
y puedo vivirlo siendo uno.
Tal vez la primavera no venga
a reemplazar el otoño.
Tal vez venga a demostrarme
que ambos pueden existir
dentro de la misma vida.
Las hojas que caen aquí.
Las flores que nacen allá.
Lo que dejé ir.
Lo que todavía me espera.
Y yo,
entre las dos estaciones,
aprendiendo que volver a casa
no siempre significa regresar a un lugar.
A veces significa
volver a reconocerse
en el paisaje.
Y esta vez,
cuando llegue Buenos Aires,
quiero caminar despacio.
Mirar los árboles.
Escuchar la ciudad.
Sentir el aire tibio de la primavera
en la cara.
Y pensar, sin tristeza:
qué hermoso que algunos sueños
no se cumplan como los imaginamos.
Porque a veces
la vida toma el camino más largo
solo para enseñarnos
que todavía podemos llegar
a lugares que creíamos perdidos,
pero esta vez
con nosotros mismos.