Se arrancó los dientes
y sonrió a destiempo.
Sus ojos proletarios
daban en el clavo otra vez.
Ese día
encontró la llave que buscaba,
pero ya no quedaba nada que abrir.
Durmió sobre una mano,
diez kilos de esqueleto.
Nunca despertó.
Solo curiosidad
y moscas.
Lo delataron diez narices
y un vidrio.
Heredó un monoambiente
y un mármol
analfabeto.
Faltó a trabajar.