Salí a buscar por dentro de mi pecho
las huellas de un camino sin trazar.
Bajo la planta el suelo se hizo estrecho;
la luz cesó despacio de aclarar.
En un recodo oscuro del sendero,
clavó la soledad su triste calma;
bajé los ojos, mudo y prisionero,
sin fuerzas para sostener el alma.
Cruzó la dicha luego por delante:
ningún saludo, pausa ni calor;
pasamos como sombras al instante,
sin esperar ya nada alrededor.
En la maleza hallé, desamparada,
a la bondad oculta y encogida;
temblando si una rama era tocada,
por no sentir el dedo de la herida.
Seguí en la niebla por el campo abierto,
sin encontrar un rastro de clemencia;
perdido y solo en medio del desierto,
fui el único extranjero en mi presencia.
Antonio Portillo Spinola ©